El pollo, imbatible en la mesa argentina: récord de 49,4 kilos por persona en 2025
El consumo de carne aviar llegó a 49,4 kg por habitante el año pasado, el nivel más alto registrado, con una producción récord de 2,47 millones de toneladas (CEPA). Ya venía cabeza a cabeza con la carne vacuna —la superó por primera vez en 2024— y la distancia se afianza. Detrás del cambio de dieta hay una razón fría: un kilo de asado cuesta casi cuatro kilos de pollo.
La avicultura argentina cerró su mejor año. Según el Anuario 2025 del Centro de Empresas Procesadoras Avícolas (CEPA), la industria produjo 2,47 millones de toneladas de carne de pollo —la mayor cifra de su historia, según CEPA— a partir de la faena de unas 750 millones de aves en frigoríficos habilitados por el Senasa. Y cada argentino comió, en promedio, 49,4 kilos de pollo en el año: el consumo aparente más alto del que se tenga registro.
El dato tiene una lectura más grande que el propio corral. El pollo dejó de ser el sustituto barato de la carne vacuna para convertirse, sin ruido, en la proteína más consumida de la mesa argentina. No es una novedad de este año: el sorpasso ocurrió en 2024, cuando por primera vez en la historia se comió más pollo que carne de vaca. Lo nuevo de 2025 es que la ventaja no fue un accidente estadístico, sino que se consolidó. La pregunta que ordena esta nota es simple: ¿por qué la Argentina, tierra del asado, terminó comiendo más pollo que carne?
Durante décadas, la comparación no tenía sentido: la carne vacuna era el doble o el triple del pollo en el plato argentino. Esa distancia se fue cerrando año a año hasta desaparecer. En 2025, el pollo (49,4 kg por habitante, CEPA) y la carne vacuna (48,4 kg, según la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes, CICCRA) quedaron prácticamente en el mismo escalón, con el ave apenas por encima.
Las dos carnes que se disputan la mesa
Consumo aparente por habitante en 2025 (kg/año). Pollo: CEPA · Vacuna: CICCRA.
Para dimensionar el vuelco hace falta mirar más atrás. Entre 1950 y 1980, el argentino promedio comía cerca de 84 kilos de carne vacuna por año. Ese consumo se derrumbó de forma sostenida: en 2025 quedó en 48,4 kg, el nivel más bajo en unas dos décadas. La vacuna no fue reemplazada de un día para el otro; fue cediendo terreno durante dos generaciones, y el pollo (y en menor medida el cerdo) ocupó el hueco.
El largo retroceso del asado
Consumo de carne vacuna por habitante: promedio 1950–1980 vs. 2025 (kg/año).
El pollo hizo el camino inverso. Su consumo trepó de forma casi ininterrumpida y en 2025 marcó récord. La Argentina, además, quedó como el segundo país del mundo en consumo total de carnes por habitante —unos 115 kg entre vacuna, pollo y cerdo—, solo detrás de Estados Unidos. Cambió la proteína, no el apetito.
△ La cocina del dato
El número surge del consumo aparente, la vara con la que se mide cuánta carne hay disponible para comer: se toma la producción, se le suman las importaciones, se le restan las exportaciones y el resultado se divide por la población. Para el pollo, el cálculo lo publica CEPA en su Anuario 2025, apoyado en la faena que registra el Senasa; para la vacuna, lo hace CICCRA. Es una medida de disponibilidad, no de lo que cada persona efectivamente se lleva a la boca: no descuenta desperdicio ni stock.
Dos precisiones honestas. Primero, el récord de 49,4 kg es una cifra de la cámara avícola (fuente primaria del sector), consistente con el relevamiento independiente de la Bolsa de Comercio de Rosario —basado en datos del USDA—, que ya había ubicado el cruce con la vacuna en 2024. Segundo, como cada carne la mide una cámara distinta, comparar el margen exacto entre pollo y vaca en un año puntual tiene ruido; por eso la nota afirma que están "al mismo nivel" y no pone el acento en centímetros.
Detrás del cambio de dieta no hay una moda ni una campaña de salud: hay un precio. La carne vacuna se encareció mucho más rápido que el pollo —según el IPCVA, subió 73,4% en un año— y abrió una brecha que el bolsillo no pudo ignorar. En marzo de 2026 el kilo de pollo fresco costaba unos $4.822 y el de asado de tira, $18.617: un kilo de asado equivalía a 3,86 kilos de pollo.
Lo que rinde la plata en la carnicería
Kilos que se compraban con $50.000 según el tipo de carne (precios AMBA, marzo 2026).
Ese diferencial explica la sustitución mejor que cualquier otro dato: cuando el salario real está ajustado, la proteína más barata gana. El pollo cumple ese rol —rinde, es versátil y llega a más mesas— y por eso su consumo aguantó incluso en los meses en que el consumo masivo caía. La carne vacuna, en cambio, se volvió un gasto que muchos hogares reservan para el fin de semana.
△ ¿Cómo te afecta?
Si hacés las compras de tu casa, el dato confirma lo que ya notás en la carnicería: el pollo estira el presupuesto de proteína como ninguna otra carne. Cambiar parte del asado por pollo o cerdo no es solo una elección de gusto, es la diferencia entre llevar 2,7 o 10 kilos con el mismo billete.
Si trabajás en la cadena avícola —granjas, plantas, distribución—, venís de un año récord: la industria mueve unos 115.000 empleos directos e indirectos y demanda millones de toneladas de maíz y soja. El motor de ese crecimiento es la demanda interna que busca precio, más que la exportación.
Si sos productor ganadero, la otra cara es tuya: el consumo interno de vaca está en mínimos y depende cada vez más de que el precio no siga corriendo. La recuperación del negocio pasa hoy más por exportar que por la parrilla argentina.
¿Por qué se encareció tanto la carne vacuna?+
El precio de la vaca responde al ciclo ganadero, un mecanismo lento. Años de sequía y de liquidación de vientres —vender hembras que deberían quedar para criar— achicaron el rodeo y, con menos terneros naciendo, bajó la oferta futura de novillos. Menos oferta con demanda firme (interna más exportación) empuja el precio. A eso se sumó la recomposición de precios relativos tras años de valores atrasados. Resultado: en doce meses la carne vacuna subió 73,4% según el IPCVA, muy por encima de la inflación y del pollo.
El pollo, en cambio, tiene un ciclo productivo de semanas, no de años: la industria ajusta la producción rápido y su costo depende sobre todo del maíz y la soja con que se alimenta a las aves. Esa velocidad le permitió sostener precios más planchados y capturar al consumidor que se iba de la carnicería.
Qué mide (y qué no) el "consumo aparente"+
El consumo aparente es una cuenta de disponibilidad: producción + importaciones − exportaciones, dividido por la población. Es la mejor foto agregada que existe, pero tiene límites. No distingue el desperdicio (lo que se tira), no capta variaciones de stock y no dice cómo se reparte: un promedio de 49,4 kg convive con hogares que comen mucho más y otros que comen mucho menos. Por eso Con Interés lo trata como un indicador de tendencia, no como una medición exacta de lo que come cada persona.
También conviene recordar que pollo y vaca los miden cámaras distintas (CEPA y CICCRA), con metodologías propias. La conclusión sólida no es "el pollo le ganó por un kilo", sino el cambio estructural: dos carnes que hace veinte años estaban a años luz hoy conviven en el mismo escalón.
¿Es sostenible el reinado del pollo?+
Depende de dos precios. El primero es el relativo frente a la vaca: si el ciclo ganadero recompone el rodeo y la carne vacuna modera sus aumentos, parte de la sustitución podría revertirse. El segundo es el costo del alimento: el pollo es, en esencia, maíz y soja convertidos en carne, así que un salto de esos granos presiona sus márgenes y su precio de góndola.
La variable a vigilar es el poder adquisitivo. Mientras el salario real siga ajustado, la proteína más barata mantiene la ventaja. Si el bolsillo se recupera con fuerza, es probable que la vaca recupere algo de terreno en la parrilla del fin de semana —sin volver, eso sí, a los 84 kilos de otra época. Con Interés va a volver sobre este dato cuando se conozcan los cierres de 2026.